TREKKING: Cerro Colorado

Como siempre todo arranca un sábado bien temprano, pero nadie se queja todo es alegría y entusiasmo por estar en contacto con la naturaleza y con personas que comparten una misma pasión.

A medida que iban llegando las personas, los saludos y presentaciones eran efusivos y amigables, éramos 15 personas dispuestas a descubrir una nueva geografía de nuestra querida provincia: el Noroeste, con sus montes y sierras.

Lugar donde tantas leyendas y costumbres aún se conservan, resistiendo el olvido como sus antiguos moradores lo hicieron.

La traffic salió de la ciudad, tomando rumbo hacia la ruta 9 Norte pasando por Jesús María, Totoral, Las Peñas, San José de la Dormida para algunos que conocemos la zona nos sorprendió lo mucho que lamentablemente avanza la deforestación y un dejo de tristeza nos embargaba.

Llegamos a San José alrededor de las 9, paramos en la estación de servicio a estirar un poco las piernas y tomar un pequeño desayuno para proseguir el viaje.

Entramos al pueblo de Cerro Colorado, nos asombró la tranquilidad y el contacto directo con la naturaleza, todo ahí cerca, los cerros, el monte, la fauna. El día estaba calmo, nublado pero sin una gota de viento, no hacia frío, ni calor, era un excelente día para caminar.

Comenzamos la caminata entrando a un campo, nos maravillamos de las distintas tonalidades de verdes que había y como los cerros con sus terrazas coloradas destacaban, luego de caminar 20 minutos por un camino de servidumbre entramos en el majestuoso monte, lleno de vida de mil colores y aromas distintos todo en un mismo lugar. Observamos las distintas especies de la flora con todo su encanto, para los antiguos habitantes el monte era el proveedor de todo: comida, medicina, materiales para las viviendas por eso en su cosmovisión la naturaleza era parte fundamental de su existencia y había que respetarla.

El monte debido a las lluvias era tupido y las sendas estaban casi cerradas pero seguimos caminando, nuestros sentidos disfrutaban cada paso, descubríamos vegetación que nunca antes vimos, en el grupo había tres biólogas que nos salvaban las dudas y aun así para ellas también todo les sorprendía.

Entramos en un bosque de Matos tan altos y hermosos que no dejábamos de admirarlos, seguíamos subiendo hacia las terrazas en busca de las pictografías que estaban en unos aleros.

Al llegar al primero vimos que las pictografías estaban bien nítidas como si hubieran sido pintadas ayer y no los siglos que realmente tienen.

Se podía ver como los aborígenes habían descrito su historia de derecha a izquierda, se notaba como una línea de tiempo en donde ellos reflejaron todas sus vivencias

Desde cómo era la vida antes, su visión del mundo y la naturaleza que los rodeaba representaciones de cóndores, llamas, víboras que al contrario de la creencia religiosa cristiana no era representación del mal. Sino de una deidad ambigua tanto del bien como del mal, tal vez un reflejo exacto de la naturaleza que era proveedora de todo pero también podía ser implacable.

También estaba representada la llegada del español y el choque de civilizaciones que se produjo, se veían batallas, de la lucha y resistencia del aborigen.

Estábamos viendo la historia de un pueblo que amaba su universo y peleo por él, las pictografías nos gritaban las tragedias vividas por los primeros pobladores de la región.

Luego fuimos al segundo alero, allí no había representación del invasor esto daba la pauta que las pinturas eran anterior a la llegada del español, se observaba pinturas del sol, del cóndor, etc. Que mensajes querían dejar para la posteridad? tal vez nunca lo sepamos, el monte es el mudo testigo.

Ya era cerca del mediodía y decidimos bajar hasta el rio a almorzar, el lugar era tranquilo y hermoso a tal punto que hasta algunos pudieron dormir una siesta profunda.

Luego de este descanso volvimos hacia el poblado para ir hacia la casa de Atahualpa Yupanqui.

Tomamos un sendero que bordeaba al rio, de nuevo la naturaleza del lugar nos regalaba toda su magia y mil colores y aromas colmaban nuestros sentidos, pasamos al frente de la casa de don Atahualpa pudimos comprender la razón por la cual se aquerencio de Cerro Colorado, estuvimos allí unos 15 minutos, luego Mario nos propuso continuar para ir hacia un parque el cual se denomina “El Silencio”, recorriendo un sendero llegamos este espacio, donde había bancos formados por troncos, poemas de Atahualpa escritos en piedras, el lugar invitaba a relajarse, extendiéndose en la suave gramilla debajo de un árbol. Algunos se quedaron, otros continuamos hacia un mirador que había mas allá la vista que se obtenía desde este era sobrecogedora ya que se podía ver el monte hasta donde se perdía el horizonte, tal vez una de las pocas extensiones vírgenes que queden en el noroeste cordobés.

Desde el mirador podíamos ver a nuestros pies el rio como dibujaba caprichosas siluetas en la quebrada, regresamos al parque y allí nos entregamos al encanto de disfrutar de una pequeña siesta recostado en el suelo, en un silencio pacífico y allí entender del porqué del nombre del lugar.

Descansado el cuerpo, regresamos al pueblo a disfrutar del famoso Tercer Tiempo que siempre se hace después de compartir esta pasión con otras personas, nos dirigimos a un restaurant donde nos esperaban con una merienda bien campera: mate cocido o café con leche, acompañado de quesillo, mermelada y pan casero, manteca y dulce de leche, no podíamos estar más mimados, hablábamos sobre el lugar y compartimos las impresiones que habíamos tenido cada uno sobre el senderismo que compartimos.

Pero como todo tiene su fin nos tocó la hora del regreso a Córdoba, el cual emprendimos con una sonrisa en los labios, mil sensaciones en nuestras almas y pensamientos de un regreso…

Gracias Pablo Caballero por las fotos!

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