TREKKING:LAS SALINAS GRANDES – 20 y 22 DE AGOSTO 2011 ( Relato )

El sábado 20 de agosto a las siete de la mañana nos encontramos los nueve caminantes que concretamos la primera salida a las salinas grandes organizada por el club andino córdoba.  El grupo estaba formado por nuestro guía Martín, su esposa Natalia, Roberto, Nino, José, Facundo, y los tres nuevos: Guillermo, Ariel y Rodolfo. El viaje en combi fue muy tranquilo y después un rico café en Dean Funes, llegamos a Quilinos donde nos desviamos hacia el oeste unos 40 km por un camino polvoriento hasta llegar, cerca del medio día, al sitio donde se encontraba el refugio de Nicolás, el guardaparque del Parque ‘Monte de las Barrancas’, junto a unas escasas casitas alrededor.

Después de saludar a Nicolás y bajar las pesadas mochilas de la combi, armamos las carpas y almorzamos. Como a eso de una de la tarde, comenzamos nuestro primer trekking hacia las salinas. El día estaba espectacular, ni frío ni calor, el cielo estaba totalmente despejado. Empezamos la travesía por un camino para vehículo de cuatro ruedas de tierra y arena muy suelta y seca que obligaba a buscar el sitio donde pisar para hacer más eficiente y cómoda la marcha. La vegetación a ambos costados consistía de grandes árboles, arbustos pequeños y plantas espinosas, de modo que se nos ofrecía una pintoresca vista, enriquecida por toda la información ofrecida por los dos ingenieros agrónomos de grupo: Roberto y Ariel.
Faltando unos 500 metros para adentrarnos a las salinas, Martín, guiado por su GPS, descubrió que el camino que seguíamos parecía no dirigirse al extremo sur del Parque, pues éste apuntaba hacia el oeste y nosotros deseábamos ir hacia el norte.  Nos desviamos hacia el norte siguiendo un sendero que se abría en el monte pero que rápidamente desapareció.  Cruzamos entonces el monte con la dificultad obvia de tener que esquivar espinas y agacharse unas cuantas veces para pasar entre los matorrales, teniendo de este modo una muy pequeña dosis de aventura que todo amante del trekking de las sierras desea tener.

Finalmente avistamos por primera vez la inmensidad de la planicie de las salinas, con el extremo sur del Parque al frente nuestro, aproximadamente a dos kilómetros al norte de nuestra posición. La superficie de esa planicie consistía en tierra frágil que se hundía con nuestras pisadas, con una fina capa de sal cubriendo la tierra y con manchones de vegetación de no más de 30 cm de alto, con ese aspecto típico de estar adaptada a vivir en condiciones extremas de baja humedad y altas temperaturas. Como a mitad de camino entre el monte y el parque encontramos un alambrado que definía el límite de la Reserva Natural.

Al llegar al Parque ´Monte de las Barrancas´ vimos que este parecía una ´isla´ elevada unos dos o tres metros por sobre la planicie, con barrancas muy abruptas como límite. La vegetación sobre la isla era tupida y espinosa, con una gran cantidad de arbustos y salpicada por árboles de gran porte, tales como quebrachos blancos, algarrobos, e inmensos cardones de varios metros de alto. Al pié de la barranca, encontramos el sitio donde antes se podía hacer campamento, un lugar delimitado por un alambrado donde cabía unas siete u ocho carpas y con un techito construido con troncos y ramas del lugar, que servía para cubrirse del sol.

Después de descansar un rato, continuamos la caminata siguiendo la ladera este del Monte las Barracas, alternábamos entre zonas con vegetación de muy baja altura y zonas de suelo completamente cubierto por sal. Allí encontramos una gran cantidad de huellas de animales, la mayoría eran de vacas, pero también muy a menudo vimos huellas de ñandú. Sólo una vez encontramos unas que parecían a las de un puma, aunque quedamos con un poco de dudas. Lo sorprendente es que no vimos pájaros ni insectos.

Finalmente después de descansar al borde la barranca y emprendimos la vuelta. Calculábamos que llegaríamos al campamento antes que anochezca, pero ocurrió un imprevisto que nos atrasó lo suficiente como para llegar a oscuras. Como en la caminata de ida cruzamos el monte, no nos quedó otra opción que repetir la misma travesía, sin embargo varios mal entendidos y desencuentros nos pusieron en el medio del monte ya casi al atardecer. No había ninguna duda de que saldríamos, pues contábamos con dos GPS que nos dictaban la dirección hacia donde debíamos ir, pero el monte es muy irregular y no siempre se puede ir en la dirección deseada, así que aunque la distancia era corta, no teníamos idea cuanto nos podría llevar salir del monte.

La noche nos alcanzó, y tuvimos que utilizar las linternas. La marcha era lenta, pues los arbustos espinosos no nos dejaban pasar muy fácilmente, en especial uno llamado ´garabato macho´ cuya espina doble nos mantuvo bastante entretenidos y nos produjo algunos que otros rasguños en la ropa y en la piel, por lo cual seguramente vamos a acordarnos de él por mucho tiempo. Con la oscuridad llegó el fresco, pero ninguno sentía frío, al contrario transpirábamos producto de la adrenalina. Afortunadamente, más rápido de lo que pensábamos llegamos a un sendero bien marcado, que nos llevó al camino por el que vinimos. Al final, aunque nos puso un poco nerviosos, recordaremos esa anécdota como una buena aventura, pero eso sí: ¡no más monte para esa caminata!

Llegamos al campamento y en cuanto comimos algo nos fuimos a dormir a nuestras respectivas carpas. El domingo nos levantamos, no muy temprano, desayunamos y emprendimos la marcha nuevamente, no sin antes informarnos bien con Nicolás de cuál era el camino correcto, sin tener que meternos en el monte. De ese modo, la caminata del domingo no tuvo sobresaltos. El día estaba espectacular como lo fue el sábado, salvo que esta vez estuvo medianamente nublado. Seguimos esta vez la ladera oeste del Monte las Barracas, y nos adentramos unos 7 km en la inmensidad de la nada, sólo un plano blanco que se perdía en horizonte, 60 km al norte estaba el límite norte de las salinas ya ubicado en la provincia de Catamarca.

Nos sacamos fotos con el fondo bicolor: blanco por debajo del horizonte mientras que celeste y blanco por encima. Varias veces observamos remolinos blancos producidos por el viento que se formaban y se desvanecían rápidamente. Cuando estábamos emprendiendo la vuelta, vimos a lo lejos tres puntos negros que se movían muy rápido en el horizonte; con los binoculares pudimos ver que se trataban de unos ñandús, uno mayor que iba primero y dos pequeños por detrás. ¡Todos quedamos sorprendidos de la velocidad con que corrían esos animales!. Esa tarde llegamos de día al campamento e hicimos una merienda grupal donde charlamos, reímos y hasta jugamos un truquito llegado el atardecer.
El lunes nos levantamos temprano: a las seis. Estaba oscuro y frío, desayunamos, desarmamos las carpas y cargamos las mochilas con todo lo que teníamos, ese día iba a ser el más bravo. Al amanecer comenzamos la marcha hacia el noreste siguiendo un nuevo camino que nos llevaba a las salinas más al este que en los días anteriores. Caminamos en dirección a un sitio de acopio de sal, donde nos esperaba Nicolás con un cabrito al horno como recompensa por el último esfuerzo.

Este trayecto fue el de más tiempo sobre la planicie salina, fueron 23 km en total, donde hacia atrás y hacia la derecha veíamos un monte lejano: una fina franja verde que hacía de límite entre el blanco y el celeste; hacia adelante veíamos unas muy lejanas sierras cuya imagen crecía casi imperceptiblemente a lo largo de las horas; y hacia la izquierda se nos presentaba la inmensidad de la nada, el sólo horizonte, recto, y de apariencia infinita.

Alternábamos caminatas de 1 hora con descansos de 10 minutos. Por suerte cuando llegó el medio día, comenzó a soplar una brisa fresca que mermó el calor del sol de modo que la temperatura debe haber rondado los 25 grados, más que agradable para caminar. A partir de la una de la tarde, empezó a hacerse sentir el largo del recorrido en los pies doloridos y ya no había forma de cómo acomodar la mochila sobre los hombros.  Las paradas para descansar eran una bendición para la espalda pero no eran muy buenas para las piernas pues enseguida comenzaba el enfriamiento de los músculos. Cerca de las dos de la tarde comenzamos a vislumbrar en el horizonte tres puntos blancos que al final fueron nuestro destino: unas montañas de sal que son acopiadas para su posterior distribución. Ya en el último tramo, las distancias entre los caminantes iban estirándose, amoldándose al ritmo particular de cada uno, de modo tal que los últimos 2 o 3 km la fila de los 9 caminantes era como de medio kilómetro de largo.

El momento esperado de la llegada llegó felizmente, y por supuesto todos sentimos esa inmensa satisfacción de haber culminado ese tramo que nos demandó el mayor esfuerzo de la caminata. Allí estaba Nicolás, esperándonos con el cabrito ya horneado en una caja sobre el asiento de su moto. Cuando llegamos todos, hicimos los últimos 500 metros, para ir a una sombra y devorar ese cabrito Subimos a la combi y como a las 7 de la tarde de ese día estábamos en Córdoba. ¡Todos recordaremos con mucho agrado esos tres inolvidables días en los que caminamos 70 km sobre las salinas de Córdoba!

 

Rodolfo Pereyra.

 ¡¡MUNCHAS GRACIAS RODOLFO POR TU RELATO!!