TREKKING: del 13 al 15 de Junio: las dos más clásicas, en un solo “pegue” RELATO Y FOTOS!!

 Cuando el azar juega su papel

         Quienes entendemos el trekking como una actividad recreativa, donde conjugamos la caminata a través de la bondadosa geografía y compartir experiencias con gente del “mismo palo”, la ruta desde La Cumbrecita hasta Villa Alpina fue genial.

        Miles de condimentos, cincuenta kilómetros de risas, angustias, enojos, decisiones, paradas, miradas cómplices, guiños de aceptación, y cabalgatas involuntarias.

          Sin quererlo este planificado viaje tomo rumbos impensados, que fueron resueltos con sobria, y porque no discutida, maestría.

           Todo arranco desde la explanada antes de la bajada a la localidad peatonal de las sierras cordobesas. Allí un helicóptero comenzó a engalanar el trek, al aterrizar y despegar delante nuestro.  Las primeras directivas y a caminar. Curt arranco a paso firme en dirección oeste hacia el bello paraje de Casas Viejas.

           La senda nos mostró una curiosidad de los paisajes de montañas: lo antagónico de lo moderno y lo antiguo de sus construcciones, donde esto último no deja de asombrar por su simpleza y valor. Al llegar puesto, descansamos al margen de la “pirca”, esa en donde un sin fin de personas habrán tomado aire, mientras contemplábamos la cuesta  que nos esperaba tranquila y deseosa de mostrar sus maravillas.

             Al montarnos sobre la cuesta, mientras el Río del Medio corría a nuestra derecha, ganábamos altura para que nuestros ojos se deleitaran con las visuales que se iban abriendo y cerrando con las curvas y recodos de camino. Vimos todo lo basto del Valle de Ctalamochita (según su nombre aborigen), el final de las sierras chicas, y miles de bellos y depredadores pinos. Fue una dura prueba, pero con el ánimo intacto llegamos a la pampa de altura.

 

            Otro modesto alto, cerca de la hora del almuerzo, y emprendimos una marcha a buen tranco por un subibaja del relieve, donde rocas y paja brava van en exclusividad el paisaje. Aparecían alguna que otra hondonada, una quebradilla húmeda, un puesto, apachetas, y un sin fin de resoplidos. Con el pasar de las horas el paso era más corto pero constante. Pero la alegría no declinaba. Había gente que hacia tiempo que no caminaba, y eso le agregaba un poco de brillo al esfuerzo. Y en un codo, asomaron dos viejos Tabaquillos que nos hizo respingar el alma, esos troncos anudados denotaban sus años.

            Ya el sol se escondía, daba paso al frío del atardecer. Daba permiso al cansancio para aparecer en nuestro cuerpo. Entonces observamos en una hondonada antes del Alto del Chicharron un puesto. Su don y doña nos abrieron los brazos, demostrando ese inconfundible rasgo de la gente de montaña: hospitalidad. El viento comenzó a golpear las carpas que se armaban en las veras del  arroyito de aguas quietas. Nos sumió en pequeños grupos donde las historias de vivencias y las palabras de amistad eran arrastradas por sus ráfagas. Así se fue el primer día, a la velocidad del cerrar de los ojos para comenzar a soñar.

 

            El gallo le canto al febo. El sol asomo, insipiente entre las sierras chicas y unas nubes, garabateando un paño de matices rojizos y grises. El arranque fue lento, el frío del amanecer no dejaba que los músculos despertaran. Despedida de los puesteros, promesa mediante de volver, y mirar hacia el Cerro Negro.

            La caminata se volvió monótona, evitando toda quebrada. Rodeos largos que nos permitían contemplar vallecitos y afluentes del Río del Medio desde todos los ángulos.

            Apareció la aleta rocosa que dibuja “el Negro”. Despegado del macizo, como una media naranja gris, nos llamaba. El frío acompañaba, el sol escondido detrás de las nubes, y las primeras muestras de cansancio nos amedrentaban.

           Cerca de la media mañana llegamos al cruce de varios senderos, señalado con una “apacheta” de piedras blancas, digna de la imaginación de Tolkien. Al este, en una cañada, estaba un puesto, otra pequeña postal de las sierras, con su típica casita, corral y árboles que nos abrían sus puertas. Desobedecimos su llamado, arrogantes sabiendo que teníamos al Negro en frente, que desde allí parecía una cuchilla, y con sus hermanos, dibujaban un perfil de pequeño tornillo sin fin.

          Para no caer en las fauces del agotamiento, rodeamos en Paso del León, camino que nos mostró los comienzos de las abruptas caídas del relieve hacia el Valle de Traslasierra, un camino para camionetas 4×4, y la repetidora de canal 12, con su antena y casilla.

         Pasado el mediodía, con el estomago crujiendo por el maltrato, llegamos a un bello vallecito al norte del Cerro Negro. Al bajar por una de las pendiente el azar nos jugo una mala pasada, una piedrilla doblego un tobillo. La fortaleza del grupo y del propietario de la articulación dañada nos permitió seguir. Al costado del cauce de agua que recorría el bajo del valle, a la sombra de una amplia piedra, decidimos saldar la deuda con “la pancita”. La temperatura y el viento nos dieron el visto bueno al acompañarnos sin molestar.

             Luego del almuerzo, y después de una disquisición sobre como seguir, partimos rumbo a un puesto en los pies del Champaquí, quien desde su hidalga posición nos miraba, incitándonos a montarlo, a descubrirlo.

             El camino perdía y ganaba altura constantemente, exigiéndonos al máximo. Nunca nos dejo tiempo para las paradas en miradores, ni para el anhelado café con leche. El tiempo avanza como indica su naturaleza, nosotros nos quedábamos si el calor del sol, las nubes ganaban el cielo al declinar el día. Descendimos por una ladera, desoyendo uno que otro sendero marcado, confiando en encontrar un lugar de acampe que nos permitiera descansar. Una saliente de roca que rodear, saltar por alguna vega apenas húmeda, o pasar una tranquera eran las pruebas del rumbo elegido.

             El lugar indicado apareció cuando el sol nos daba su último racimo de luz. La incipiente noche y la luna nos acompañaron para armar las carpas. Las estrellas aparecieron con toda su belleza, fuerza y resplandor, solo como puede verse en una noche abierta en la montaña. La Vía Láctea parecía cubrirnos con uno de sus brazos. La cruz de sur nos mostraba el punto cardinal al que debe su nombre, el cinturón de Oríon, y las tenazas de Escorpio aparecían para saludar. Nosotros les devolvimos la gentileza. Canciones al cielo, agradeciendo el espectáculo.

         Disfrutamos una picada rica en variedad, encabezada por el doctor jurista del grupo, engalanada con el esfuerzo de todos. Mientras al medio se gestaba el “guiso a la Sentana”, una poción de muchos ingredientes sin medidas estipuladas, pero con la fuerza y dedicación que solo puede demostrar un tipo bestial. El aroma, que escapaba al levantarse la tapa, nos hacia “bailar el estomago”. Nos congrego al grupo entero, veinticinco almas unidas por mucho más que el apetito. Surgieron muchas anécdotas, cuentos, abrazos de abrigo, canciones, contraposiciones, apodos. Así se consumió una noche con todos los condimentos para ser mágica. Los ojos se cerraron y otra vez los sueño                            

        El amanecer nos encontró durmiendo. Pero el sol nos despertó. Desarmamos las carpas, armamos las mochilas. Nuestro guía tomo decisiones, porque el regreso era largo y tendido. Había que ser veloces para llegar a Villa Alpina. Fuimos al puesto con el frió machucándonos que nos íbamos, se empeñaba en dejarnos en claro que no era su intención que nos fuéramos sin un recuerdo. La niebla tapo los cerros Linderos y Champaquí, cubriendo el oeste de un paisaje atrapante y aterrador.

 Al llegar al puesto se alisto los caballos, una parte del grupo emprendería el regreso a caballo para no retrasar al resto. El tobillo no sanó. Partieron a la villa, algo de nosotros fue con ellos. Algunos quieren la cabalgata.

             Arrancamos a desandar el camino de regreso, dirigiéndonos al puesto de Moisés López para almorzar. El ritmo era bueno. El clima seguía frío, condimento para que no fuéramos lento. Pero el esfuerzo de los kilómetros recorridos, de las subidas y bajadas caminadas, pidió escenario. Ya las rodillas se quejaban, las espaldas pedían un respiro, hombros pellizcaban y los pies latían. El paisaje salía de escudo, ofreciéndonos distracción visual a las quejas del cuerpo, entreteniendo el alma y a la cabeza. Asomaron a lo lejos Santa Rosa, Embalse de Río Tercero, Cerro Pelado, Yacanto, El Duranzo.

  El azar, aquel que nos fue tan favorable al principio, torció el rumbo. También hizo lo mismo con otro tobillo. En una de las bajadas, el cansancio, la relajación y las piedras fueron demasiadas condiciones favorables para que las leyes de Murphy se cumplieran.

  Paramos a almorzar en el puesto, y don López preparo otro equino, pero esta vez era un burro. En él un compañero emprendió el regreso a Villa Alpina. Se divirtió como pocos, nos dijo al juntarnos en el final del trek.

  Así se volvió a desmembrar el grupo. Pero seguimos, como impone la regla de esta actividad. Caminamos sin tregua, el serpenteante camino nos hastió de paisajes. Las bromas ocupaban buena parte del aire que nos quedaba, las risas de algunos resonaban, los sonrojos de otros se perdían en el encanto del momento.

  Llegó el pinar, último eslabón antes de Villa Alpina. Llegó la vuelta a casa, sin olvidar la cena de rigor en Potrero de Garay, y la despedida grupal en la plaza Vélez Sársfield.

 Por esto, para quienes vivimos esto como un momento para olvidarnos de nuestros problemas y para compartir con otros de una caminata, el terkking fue excelente. Porque todas las vicisitudes se transformaron en experiencias positivas por el esfuerzo del grupo.

MARFESA

 

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 iniciando la marcha    rodeando el valle
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 parada para descansar  retomando la marcha  pura pampa
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 repetidora de canal 12  nieve a la vista  foto en la mancha de nieve
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 un poco de subida…  …un poco de bejada  reponiendo energias
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 acurrucados  foto grupal  al día siguiente…
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 la niebla acercandose  tramo final  cena en Potrero De Garay