LIBROS: DOS CLASICOS, DOS EPOCAS, LA MISMA PASION

Entre los libros del acervo bibliográfico de la Biblioteca del Club, encontramos dos versiones de la misma pasión, pero cada una con el condimento de las respectivas épocas, y de las particularidades que enriquecen la historia en general, y de la montaña y el hombre en particular.

Por un lado en El misterio del Everest, de Tom Holzel y Audrey Salkeld (Mondadori, Barcelona, 1999 – Donación de Olivier Bongard), se refleja un estudio profundo del hoy mítico George Mallory, que le puso el alma y los huesos al desvelamiento del Everest. De su participación, que estuvo enmarcada en la política expansionista del entonces imperio británico -pero con el particular modo de los ingleses, donde las cosas parecen hechas en forma casual, casi deliberadamente improvisadas- se rescata particularmente al hombre, al escalador de principios del siglo pasado, al amateur elegante. Pero también un hombre apasionado por la montaña, a la cual se fue acercando paulatinamente. Su formación, su vida universitaria, sus ideas sobre la educación, su romance con Ruth, la primera guerra mundial, su búsqueda del sustento a través de la enseñanza, van dando el telón de fondo para sus actividades de escalada. Primero, en acantilados de la zona norte de Gales, después las aproximaciones a los Alpes, las primeras escaladas importantes; hasta que despues de la guerra, llega el gran momento, cuando es convocado para la primera expedición de reconocimiento al Everest, desde el Tibet recién abierto al mundo occidental.

El libro describe el apasionamiento que, no sin altibajos, le va ganando el espíritu; y se detiene en las tres expediciones (reconocimiento, en 1921; primer intento, en 1922, ya con oxígeno; y el intento de 1924, que terminó con la vida de Mallory y de Andrew Irvine, su compañero de cordada en el ataque final). También se relatan, en forma paralela, lo que el misterio de su desaparición genera en los hombres de montaña del mundo de habla inglesa. Fruto de esa intriga es este libro, que un norteamericano y una inglesa escriben en 1986, luego de recolectar datos y elaborar teorías por más de diez años.Y de una expedición de búsqueda, que terminó casi tan golpeada como las que pretendía investigar, como si Chomolugma, la Diosa de la Montaña, se resistiera aún en plena época de expediciones comerciales a abrir sus misterios. La presente reedición, de 1999, incorpora el hallazgo del cuerpo de Mallory por la expedición de ese año, que había utilizado parte de la investigación de Tom Holzel en su preparación.

Si bien podría pensarse que este es el informe final, quedan muchas dudas aún -incluido el destino de Irvine, cuyo cuerpo posiblemente jamás se encuentre- como preguntas que seguirán alimentando la fascinación por esa montaña. La misma que le hizo responder a Mallory (también sobre esto hay versiones encontradas) a una pregunta de porqué escalarla "¡porque está ahí!"… Apasionado, un poco improvisado, no siempre cuidadoso, buen camarada, capaz de modificar sus puntos de vistas (por ejemplo, con el oxígeno), conciente de los peligros que enfrentaba, y de las oportunidades que se le escapaban, George Mallory queda como la figura más conocida de la etapa inaugural del himalayismo, el clásico de principios de siglo XX.
biblio_lachenal_mummery.JPGLuis Lachenal en la Aguja Mummery – Alpes Franceses

El segundo libro, Cuadernos del vértigo, recopilado y escrito por Gérard Herzog con textos originales de Louis Lachenal, describe la vida de este último, vencedor del Annapurna en 1950. El montañismo reflejado en el texto es el de mediados del siglo XX con sus avances técnicos, y sus fronteras ampliadas (Lachenal nació el mismo año que Mallory hacía el primer reconocimientos del Everest). En este caso es la Segunda Guerra Mundial la que hace de telón de fondo, para este francés. Él también un apasionado, que no era oriundo de los Alpes, pero al que la montaña le picó desde muy pequeño, hasta transformarse en una comezón que le llevó a transformarse en un profesional de primerísimo nivel. Nacido en el seno de una familia pequeño burguesa de provincia (con la inmovilidad que eso implica en Francia), toda su vida es el esfuerzo por cumplir su pasión. Era, puede decirse, un loco por la montaña. Que amaba escalar, no importa si mas bajo o mas alto, escalar, rápido, y si es difícil mejor. Un hombre que, de regreso del Annapurna, con congelamientos y amputaciones parciales en ambos pies, se termina fabricando borceguíes especiales, pequeños… para seguir escalando y esquiando. Y es en la montaña, sus amados Alpes donde encontrará la muerte en noviembre de 1955.

Pero el "diagnóstico" de su locura tiene componentes que lo ubican perfectamente como montañero: con los pies sobre la tierra, y la mente en la cumbre, sabiendo que hay otras montañas más allá, que merecen ser escaladas. Para muestra… bastan sus propias palabras, relatando el momento que puede definirse como el climax del libro, y de su vida como escalador. En la posguerra de 1946, luego de ordenar un poco la situación interna de sus países, hay una carrera en los ámbitos montañeros de Inglaterra, Francia e Italia por coronar el primer "ochomil". Inglaterra, potencia con presencia en la zona, consigue los permisos para reeditar sus intentos al Everest, ahora por la vertiente nepalí­. Italia, siguiendo los pasos del Duque de los Abruzzos en los años 20, enfila hacia la recién creada república de Pakistan, para volver al K2. Francia consigue, diplomacia mediante (y probablemente ahorrándose unos francos) permiso del Nepal para el Annapurna o el Dhaulagiri. Con poca experiencia en ese ámbito, prepara una expedición "alpina", liviana, rápida, con lo último en materia de equipamientos, y con la flor y nata del alpinismo: Terray, Rébuffat, Herzog, Lachenal…El destino pone a estos dos últimos en la posición de poder alcanzar la cumbre del Annapurna ¡Para Francia, el primer ochomil del mundo! Herzog estaba totalmente imbuido de esa idea. Veamos el relato de Lachenal sobre el "momento de decisión" que marca a fuego la expedición, a la vista de la cumbre, y con principios de congelación en los dos escaladores: "…Para mí, esta ascensión era una ascensión como las demás, más altas que otras en los Alpes, pero nada más. Si tenía que dejar mis pies en el Annapurna, no me interesaba. No tenía porqué sacrificar mis pies por la juventud francesa. Así que yo hubiera descendido. La pregunté a Maurice que haría él en ese caso, y me dijo que continuaría. Yo no tenía por qué juzgar sus razones; el alpinismo es algo demasiado personal. Pero creía que si Herzog continuaba solo, no regresaría. Es por él y sólo por él que yo no me di la vuelta. Esta ascensión hasta la cima no era un tema de prestigio nacional. Era un asunto de cordada…".

Un asunto de cordada, extrema síntesis para encerrar la soledad, el riesgo, y la mutua y solidaria dependencia entre iguales en la alta montaña.

En resumen: para recomendar también este clásico de mediados del siglo XX, probablemente los últimos pasos de un estilo que ha ido quedando sepultado por la comercialización de los grandes escenarios de la montaña.